¿Alguna vez has pensado "no lo aguanto" y te has sentido culpable?
¿Es normal sentir rechazo hacia un hijo, pareja, madre...?
No puedo más con mi hijo, con mi pareja, con mi madre… y la culpa de sentirlo.
Hay pensamientos que no se dicen. No porque no existan, sino porque sentimos que no deberíamos tenerlos.
- “No soporto a mi hijo a veces.”
- “No puedo más con mi pareja.”
- “Me cuesta querer a mi madre.”
Y en el mismo instante en que aparecen, llega la culpa.
Una culpa silenciosa, pesada, que no siempre se comparte.
Porque, ¿Qué tipo de persona piensa eso?
La respuesta es más simple (y más incómoda) de lo que parece:
una persona humana.
Lo que no se dice... también pesa
En consulta, estas frases aparecen mucho más de lo que imaginamos.
No en personas “frías” o “egoístas”, sino en personas implicadas, responsables, que cuidan y sostienen.
Personas que están agotadas.
El problema no suele ser lo que sienten, sino la idea de que no deberían sentirlo.
Y eso genera un doble malestar:
- La emoción en sí (cansancio, rechazo, saturación)
- Y el juicio constante sobre esa emoción
Cuando no podemos nombrar lo que nos pasa, lo acumulamos.
Y lo que se acumula, acaba saliendo… de otras formas.
No es falta de amor, es saturación emocional
Una de las interpretaciones más dañinas es esta:
“Si siento esto, es que no quiero de verdad.”
Pero en muchos casos, no es desamor. Es sobrecarga.
Sobrecarga de cuidar, de estar pendiente, de adaptarse, de no tener espacio propio.
Cuando la mente y el cuerpo llegan al límite, aparecen pensamientos como:
- “Quiero estar solo/a”
- “Me agobia esta relación”
- “No puedo más”
Y eso asusta.
Pero sentir rechazo en momentos puntuales no anula el vínculo.
Igual que sentir cansancio no significa que no te importe.
Nadie nos enseña que incluso en los vínculos más importantes, también hay ambivalencia.
Y reconocer esto no rompe las relaciones, te hace más honesto/a contigo mismo/a.
El peligro de no poder decirlo
Lo realmente problemático no es pensar “no puedo más”.
Es no poder decirlo.
Porque entonces lo escondes.
Lo tapas.
Lo disimulas.
Y acaba saliendo en forma de:
- Irritabilidad
- Distancia emocional
- Respuestas desproporcionadas
- Ansiedad o agotamiento constante
Nombrar lo que sentimos no lo hace más grande.
Lo hace manejable.
Porque cuando entiendes lo que te pasa, puedes decidir qué hacer con ello.
Sentir no es hacer
Uno de los mayores miedos es este:
“Si pienso esto, ¿Significa que voy a actuar así?”
No.
Pensar no es hacer.
Sentir no es dañar.
Las emociones son señales, no decisiones.
Y permitirnos sentirlas sin juzgarnos es el primer paso para regularlas.
Empezar a mirarlo de otra forma
Quizá no se trata de eliminar esos pensamientos, sino de empezar a entenderlos.
Preguntarte:
- ¿Qué me está pasando realmente?
- ¿Estoy cansado/a?
- ¿Estoy necesitando espacio?
- ¿Estoy sosteniendo más de lo que puedo?
A veces, detrás de un “no soporto esto” hay una necesidad no atendida.
Y escucharla no te hace peor persona.
Te hace más consciente.
Hacer visible lo invisible
Hablar de esto incomoda.
Pero también libera.
Porque cuando alguien pone palabras a lo que tú sientes,
algo dentro de ti se relaja.
Dejas de sentirte solo/a.
Dejas de pensar que hay algo mal en ti.
Y empiezas a entender que no eres el único/a al que le pasa.

Comentarios
Publicar un comentario